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El debate por regular el uso de redes sociales entre menores en México cobra fuerza: mientras autoridades educativas impulsan restricciones en las aulas, especialistas advierten que sin una estrategia sólida de educación digital, las medidas pueden resultar insuficientes frente a un fenómeno ya extendido.

Cifras del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) dimensionan el alcance del problema: en México, nueve de cada 10 menores tienen acceso a internet y, de ellos, 74% utilizan alguna red social. Entre las plataformas más populares destacan TikTok, con 71% de uso; YouTube, con 59%, y WhatsApp, 41%.

El pasado 4 de marzo, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado, inauguró el Foro Nacional Más allá de las pantallas: Impacto de las Tecnologías Digitales en la Educación y en la Salud Mental, donde convocó a especialistas, académicos y autoridades educativas a discutir posibles regulaciones en el uso de tecnología digital dentro de las escuelas.

Durante su intervención, sostuvo que iniciativas estatales han documentado lo que docentes observan a diario: el uso constante y no regulado de dispositivos impacta negativamente en la concentración, el rendimiento académico y la convivencia escolar.

A estos efectos se suman problemáticas como el ciberac0so, el grooming, el s3xting y la exposición a contenidos inapropiados, formas de violencia digital que forman parte del entorno al que están expuestas las infancias.

“Protegerlas es una obligación compartida entre el Estado, la escuela y la familia”, enfatizó el secretario de Educación.

Cimenna Chao, directora general de Planeación Estratégica e Innovación de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, considera positivo que se haya abierto la discusión, aunque advierte que no debe centrarse únicamente en la regulación.

Subraya que si bien las tecnologías son herramientas útiles para la comunicación y el aprendizaje, existe más de una década de evidencia científica que documenta riesgos cognitivos asociados a la distracción, la fragmentación de la atención y la disminución de la concentración.

A ello se suman afectaciones a funciones ejecutivas del cerebro, así como riesgos psicológicos y conductuales que van desde la invasión de la intimidad hasta situaciones de acoso digital.

Con información de: El Universal

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