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Una fusión inusual tuvo lugar la noche de este sábado en el corazón de la Ciudad de México. Transformado en una inmensa sala de concierto al aire libre, en el Zócalo convergieron la ópera y el canto académico con el desparpajo gozoso de la cumbia.

Un entrecruce de geografías, generaciones y músicas: desde la Toscana italiana el tenor Andrea Bocelli, de Iztapalapa para el mundo Los Ángeles Azules, y originaria de la Perla Tapatía, Ximena Sariñana.

Y la ópera, contra todo pronóstico, se apoderó con fuerza del Zócalo. Lo movió desde sus cimientos de concreto y memoria. Porque no eran caderas rítmicas ni pasos prohibidos los que hicieron vibrar la plaza más grande de América Latina, sino los Do de pecho prolongados, apoteósicos, que retumbaron varias veces en el centro de la otrora capital del imperio mexica.

Hasta que, luego de una hora, esa marea humana aulló y comenzó a vibrar. Llegó el momento del baile con Los Ángeles Azules y su pegadora Mis sentimientos, en voz de Ximena Sariñana. Todos con las manos arriba. “¡De Iztapalapa para el mundo, chingaos!”. Y un “¡Viva México!” a todo pulmón desde el escenario arrancó otro grito enardecido entre la multitud. El lugar se transformó en una pista callejera de baile.

Al concluir, Bocelli dio cuenta de sus dotes de multiinstrumentista al tocar la flauta traversa mientras Sariñana cantaba el clásico de Louis Armstrong What a Wonderful World. Y de súbito, el cielo del corazón de la otrora gran Tenochtitlan se incendio y encendió de colores con fuegos artificiales, serpentinas y confeti, haciendo del lugar un delirio de dicha.

Con información de: La Jornada

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