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Estados Unidos e Irán han hecho historia este sábado al abrir en Islamabad (Pakistán) negociaciones directas —las primeras desde 2015 y las de más alto nivel desde la Revolución Islámica de 1979— para tratar de llegar a un acuerdo de paz. Mientras, en el golfo Pérsico —sea como muestra de buena voluntad, según los unos, o resultado de la presión, según los otros— tres superpetroleros cruzaban el estrecho de Ormuz, el primer tránsito significativo de crudo por ese paso que Teherán mantenía bloqueado y cuya apertura es clave en estas conversaciones.

Un alto funcionario de la Casa Blanca informó a los medios desplazados desde Washington de que las negociaciones “aún seguían” en la madrugada de este domingo, “a tres bandas y en persona”. También de madrugada, hora local en Islamabad (las siete de la tarde en la costa este de EE UU), el Gobierno iraní confirmó en la red social X que las conversaciones continuarán “pese a algunas diferencias persistentes”, si bien daba por concluida la primera ronda tras más de 14 horas de diálogo.

Poco más está claro de lo ocurrido durante la larga jornada de contactos en el hotel Serena, en la Zona Roja de la capital paquistaní: cada detalle que divulgaba una parte lo ha ido negando la otra, en un indicio de la distancia en las posiciones y la profunda desconfianza con la que ha comenzado el diálogo. El mero hecho, sin embargo, de que la reunión se haya celebrado (estuvo cerca de anularse en los días previos), de que hubiese contactos directos y se prolongasen durante horas, representaba un avance alentador tras seis semanas de guerra. Según los periodistas iraníes acreditados, las conversaciones prosiguen en la noche de este sábado.

La jornada era crucial. Aunque no se esperaba de ella que resolviera de inmediato ninguno de los grandes asuntos pendientes —el programa nuclear iraní, la apertura del estrecho de Ormuz, las demandas iraníes de reparaciones o los ataques de Israel en Líbano— sí debía sentar las bases para determinar si eran posibles nuevas rondas de contactos que pongan fin a un conflicto que ha dejado más de 3.000 muertos en Irán, según el jefe de la Organización de Medicina Forense de ese país, y otros 2.000 en Líbano; y que, además, ha disparado los precios del petróleo y afectado a 14 países.

También era una primera piedra de toque para la continuidad de la tregua de 15 días pactada el martes entre un régimen iraní que no quería dar su brazo a torcer y un Donald Trump que pocas horas antes había amenazado con aniquilar “toda una civilización”, la persa.

Irán ha acudido con una amplia delegación de más de 70 personas (liderada por el presidente del Parlamento iraní, Mohamad Baqer Qalibaf, y el ministro de Exteriores, Abás Aragchí) y sin que se hubiera producido un alto el fuego en Líbano. Esto último es una victoria para Estados Unidos que fragiliza a Hezbolá. Irán ha insistido a Washington en la necesidad de llevar las negociaciones pensando en sus intereses, no en los de Israel, su gran aliado en Oriente Próximo.

Con información de: El País

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